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Al conmemorarse el cuarto centenario de la fundación de Oruro (1 de noviembre de 1606 – 1 de noviembre de 2006), se propició  la realización de un homenaje a la intelectualidad orureña que fue personalizado en la figura del preclaro y polifacético hombre de letras Ramiro Condarco Morales (1927-2009), distinción que estuvo a cargo del académico José Roberto Arze. Nos permitimos reproducir ese trabajo.

José Roberto Arze.

 Cumplir 400 años no es, cietamente, como celebrar un año más. Los aniversarios “redondos” como decenios, cincuentenarios, centenarios. sesquicentenarios y la consiguiente progresión de centurias, son ocasiones que mueven a los hombres y a los pueblos a mirar el pasado, no solamente para regocijarse con los éxitos y condolerse de las frustraciones, sino principalmente para efectuar balances que permitan proyectarse al futuro con conocimiento de causa y rendir tributo de gratitud a quienes contribuyeron a nuestro progreso material e intelectual. Los encargados de pagar este tributo lo hacen, desde luego, dentro del perfil de sus propias actividades.

Tomando en consideración éstas y otras razones, la Academia Boliviana de la Lengua me ha encomentado (justamente por no ser oriundo de Oruro) rendir homenaje de gratitud a la intelectualidad orureña en la persona de don Ramiro Condarco Morales, uno de los más altos exponentes de la cultura boliviana de hoy.

Los balances de contribuciones regionales a la cultura y particularmente a las letras del país no son escasos y varios de ellos han sido elaborados en oportunidades como esta y es por eso que figuran en los libros editados para celebrarlos. En este conjunto hay por lo menos dos textos monográficos relativos a Oruro: el de Carlos Condarco Santillán y el de Angel Torres, y a ellos remito para los detalles de la historia literaria de este departamento.

Al analizar la contribución de una determinada región a la cultura nacional, se corre el peligro de confundir este análisis con una sumatoria de valores locales, cuando el camino correcto es más bien examinar la recepción que han tenido los autores en la comunidad intelectual nacional.

Para este efecto, me basaré más bien en un trabajo biográfico que he venido publicando desde hace un par de décadas, en tomos especializados sobre ciencias y profesiones sociales, religión, ciencias exactas y naturales, etc.

Oruro tiene una presencia en el mundo intelectual boliviano más grande de la que habitualmente se cree; presenta figuras nacionalmente destacables prácticamente en todas las esferas de la actividad cultural y social. Y una de las cosas curiosas es que estas figuras, en buena parte, se ha proyectado en otras regiones y tampoco faltan figuras que, aun habiendo nacido en otros lados, se han realizado históricamente en Oruro. Bastaría con preguntar a los cochabambinos cuánto de la cultura de aquel departamento se debe a orureños que transmigraron a los valles centrales de nuestro país.

Uno de los ámbitos que parece haber sido el de mayor brillo es el de la judicatura. Aquí encontramos cuando menos las brillantes figuras de cinco presidentes del supremo tribunal (los dos Dalences, Delgado, Fajardo y Palenque) y jurisconsultos notables como Velasco. El campo educativo hizo florecer figuras como las de Beltrán Morales, Reyeros, Íñiguez y otros. Uno de los libros de crítica de la escuela boliviana, en su tiempo muy popular y que me parece que ha sido injustamente olvidado, es Los vicios de nuestra educación, pedagogo de comienzos del siglo XX que, después de cumplir funciones en este departamente, se fue (como otros antes y después) a Cochabamba, donde fue profesor de colegio y catedrático de sociología en la Universidad. Me refiero a Teodomiro Beltrán.

De las figuras eclesiásticas, hay una que cautiva por lo general la simpatía de los cultores de nuestras lenguas aborígenes: Carlos Felipe Beltrán. Nació en Potosí, pero ese debió ser apenas un accidente, pues desenvolvió su labor de investigación y divulgación en Oruro.

Los historiadores de la ciencia se han encargado de rescatar figuras como las de los hermanos Condarco Sierra, Wálter Cevallos y otros.

Y aquí entramos al frondoso campo de la literatura en todos sus géneros: la poesía, con Zaconeta, José Enrique Viaña, Luis Mendizábal Santa Cruz, Alcira Cardona Torrico, Hugo Molina Viaña, Silvia Mercedes Avila y Eduardo Mitre;. Esta es apenas una pequeña muestra del más o menos medio centenar de poetas presentados hace poco en la anttología sobre La poesía en Oruro por Edwin Guzmán y nuestro colega recientemente fallecido, Alberto Guerra Gutiérrez. La drmaturgia ostenta, cuando menos, tres figuras relievantes: Hermógenes Jofre (uno de los pioneros del teatro en el siglo XIX cuyo drama Los mártires, es, según Juan Siles Guevara, una de las cien obras capitales de la literatura boliviana), Guido Calabi Abaroa rebelde e irreverente a su manera y quien también nos abandonó hace no mucho, y, en el plano popular y costumbrista, pero prolífico, Adolfo Mier Rivas. En el campo de la narrativa la figura descollante parece ser la de Rafael Ulises Peláez, también algo olvidado si no desconocido por las nuevas generaciones.

Si por ensayo ha de entenderse el cultivo de la prosa al margen de la ficción y en su mejor expresión orientada hacia la crítica, encontraríamos quizá más nombres notables que los registrados en cualquiera de los otros géneros y esto obligaría a señalar las variedades de la crítica (por lo menos con las figuras de Adolfo Cáceres Romero y Luis H. Antezana, “Cachín”), el ensayo histórico (con Adolfo Mier, quizá el más orureñista de los historiadores orureños; Marcos Beltrán Avila, el divulgador Misael Pacheco Loma, y Juan Siles Guevara (quizá el más ideóneo de todos para escarbar en los jardines de Clío), y el ensayo sociológico y antropológico, especialmente con Josermo Murillo Vacareza, Ramiro Condarco Morales, de quien hablaremos luego, el indagador del folklore Alberto Guerra Gutiérrez y particularmente a René Zavaleta Mercado, cuyo prestigio es tan grande que me permite liberarme de comentarios.

No pueden faltar por lo menos dos líneas para poner de relieve a las vanguardistas cultoras de las letras y del periodismo femenino, como Betsabé Salmón Laura Villanueva (Hilda Mundy), figura esta última olvidada por buen tiempo y recientemente rescatada por la corriente renovadora de la historia literaria de Bolivia encabezada por Blanca Wietuchter, que cuenta, entre otras, con la investigadora Rocío Zavala.

Cerraremos esta muestra con otro campo especialmente nutrido: el del periodismo, actividad que atrajo, entre otros, desde su primaveral Cochabamba, a don Demetrio Canelas y que presenta numerosos cultores, de los que quisiera destacar principalmente los nombres de los dos Ascarrunz, de Soria Galvarro, de Eduardo Ocampo Moscoso y de Enrique Miralles, sin aludir a los viventes.

Adviértase que casi no he nombrado figuras presentes, por el vidrioso peligro que existe de despertar susceptibilidades por la omisión. Las pocas que he mencionado tienen, a mi juicio, cierta ejecutoria histórica.

Hay otro aspecto de la cultura orureña que en conversaciones recientes con algunos colegas y con el ingeniero Urquieta me permití subrayar: el del institucionalismo cultural. En esta época signada por el desprecio de la cultura espiritual por parte de los idólatras del mundo postmoderno, debemos agradecer a Oruro que aliente corporaciones como la UNPE y el capítulo del PEN y que haya institucionalizado premios a la creatividad y, lo que es destacable, que sostenga un suplemento literario (en realidad una revista), cuando muchos de los demás periódicos deliberadamente han abandonado los suyos.

Si en medio de tan vasto panorama, se ha elegido a don Ramiro Condarco Morales como el intelectual orureño receptor del homenaje académico a la cultura orureña, es por varios motivos objetivos y subjetivos que es necesario destacar.

Los escuetos datos biográficos que tengo de él nos informan que nació en Oruro el 2 de octubre de 1927, lo que nos indica que se aproxima a la respetable calidad de octogenario. Hijo del ya mencionado Lisandro Condarco Sierra y Martha Guadalupe Morales. Sus hermanas, Laura y Albertina, se destacaron como educadoras y son centenaros o millares quienes seguramente evocan con afecto sus libros de lectura infantil que se divulgaron en escuelas de todo el país. Don Ramiro, como le decimos combinando el respecto y el afecto nos inspira, es quizá uno de los últimos exponentes del intelectual multifacético que discurre con igual desenvoltura por los predios de la historia, la cartografía, la antropología, la sociología y la poesía. Comenzó por cultivar los predios de esta última y no los abandonó en el resto de su vida. En 1946 conquistó la Banda del Gay Saber y la Kantuta de Oro en los juegos florales de Oruro de 1946. Quizá sea oportuno recoger aquí, como síntesis valorativa hecha por palabra autorizada, aunque sea en fragmentos mal hilvadanos, lo que expresó Augusto Guzmán:

“A los veinte años —dice refiriéndose a Condarco— ingresó al escenario de las letras bolivianas con poemas reissignianos de la primera mocedad, afirmando con su acento preciso y cristalino, un naciente y firme prestigio de poeta”. Se refiere sin duda a sus primeros libros (Cantar del trópico y la pampa y Mares de duna y ventisquero, ambos de 1948). Sigue diciendo Guzmán: “No hay composiciones desechables en este libro [el Cantar]; en todas ellas encontramos el soplo agraciador de un lirismo joven y despierto”. El elogio es igualmente exaltativo en relación a los Mares. Condarco no abandonó la poesía y entre sus últimos libros figura Zedar de los espacios, que Guzmán la sintetiza como “ciencia-ficción, arte-ficción, astronáutiva novela de exorbitante decurso sideral, poesía triunfal con y sin delirios en la inmensa soledad de los espacios; la persona humana en los dominios del Todo y de la Nada”.

En la cartografía histórica de Condarco se relievó en sus dos Atlas históricos, el de América y el de Bolivia.

El antropólogo sienta presencia con dos obras fundamentales: Protohistoria andina (que no es meramente empírico, porque sintetiza además, polémicamente, temas centrales de la antropología)y El escenario andino y el hombre. La historia y la biografía (no es fácil separar estos géneros en Condarco) se han enriquecido con Zárate, el “temible” Willka, que, quién sabe si a pesar de su autor pero de manera inevitable, vino a conmover las concepciones estereotípicas sobre el papel de las masas indígenas en los agitados años de las luchas civiles que marcaron el tránsito del siglo XIX al XX y contribuyeron a que otros forjaran los lineamiento de una interpretación filoindigenista de nuestra historia; Grandeza y soledad de Moreno, dedicada al insigne “príncipe de las letras bolivianas”; Aniceto Arce, surgida en el torbellino de discusiones historiográficas sobre la guerra y la postguerra del Pacífico; Orígenes de la nación boliviana y otros escritos menores. Se puede discrepar y discutir con él sobre muchos tópicos puntuales y generales de la historia boliviana, pero no es obstáculo que aminore sus méritos de historiógrafo. Habría que agregar a esto su inédita Historia de Oruro y multitud de artículos y ensayos que seguramente serán motivo de publicación y reedición. (Lo inédito es siempre un peso angustiante en el espíritu de un escritor y a menudo difícil de soportar sin la ayuda de un entorno comprensivo).

Carácter algo distinto tiene su Historia de la ciencia en Bolivia, discutida en su momento pero indiscutiblemente enriquecedora para los investigadores del saber científico en sus más diversas facetas y no sólo en la de las ciencias naturales y puras.

Si del autor pasamos al lector, la biblioteca de Condarco, que fue motivo de estudio y análisis en una tesis de Lorena Martínez para obtener la licenciatura en la carrera de bibliotecología, nos hace ver a un hombre de inquietud multifacética, pero con ciertas preferencias por la filosofía, la historia, la antropología, la lingüística y las ciencias naturales, sin abandonar, desde luego, las bellas letras en sus autores clásicos universales y españoles. He tenido el privilegio de verla de nuevo gracias a la gentileza de su custodio Ramiro Duchén, y ratificarme en la imagen de que es una muestra eficiente de lo que fue el mundo cultural de la generación de los nacidos en el primer tercio del siglo XX.

Por estos y otros méritos, Condarco es uno de los pocos intelectuales que pertenece a las tres academias bolivianas más importantes: la de la lengua, la de la historia y la de las ciencias. No podemos dejar de sentir emoción al entregarle un testimonio de reconocimiento por parte de la Academia Boliviana de la Lengua, al colega que, a nuestro juicio, será el mejor portador del homenaje que, a través suyo, hacemos a la intelectualidad orureña.

25-IV-2006 (¿?)