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Dos anécdotas y un singular protagonista

Ramiro Duchén Condarco

Corría el año de 1990 en la apacible ciudad de Oruro… Como en todo lugar del orbe, y más aún en los corrillos frecuentados por los intelectuales, surgen las rencillas entre cultores de las letras (letrinas en algunos casos), naturalmente alentadas por oscuros sentimientos como la más sórdida envidia por la producción ajena al no poder acercarse con la suya a aquélla. Así el año mencionado el poeta, investigador del folklore y escritor Alberto Guerra Gutiérrez (1930-2006) realizó un hiriente comentario sobre la producción del preclaro escritor Carlos Condarco Santillán, quién de inmediato tuvo una respuesta quevediana, traducida en un muy bien logrado soneto satírico que dejó mal parado al desafortunado comentarista que puso las barbas en remojo…

En el otro caso, el calendario nos lleva también a Oruro, pero al despuntar el segundo trimestre de 1994, cuando a la sazón se discutía, planificaba e intentábase la fundación de la carrera de antropología de la Universidad Técnica de Oruro, en cuyo emprendimiento apoyaba don Carlos Condarco Santillán, como también el conocido polígrafo orureño don Ramiro Condarco Morales… Como suele ocurrir en estos casos, personajillos de baja ralea, pero tan pretensiosos como ruines, vetaron a don Carlos para que no interviniera en la actividad, que a la postre alcanzó feliz término… Estos personajillos eran… perdón… el olvido se los tragó…

Pero sin más preámbulo disfrutemos de las anécdotas que en su momento circularon en Oruro en hojas sueltas, como panfletos, de los cuales extrajimos los respectivos textos:

Una pequeña historia

El joven (por entonces) y (ya) prestigioso escritor Carlos Condarco Santillán, como resultado de un accidente, sufrió la fractura de una de sus piernas (nótese que a diferencia de otros muchos, sólo tiene dos). Antes de este hecho infausto, suficiente para conmover a los espíritus más adamantinos y encallecidos, un émulo, tan ruin como su talla, manifestó su contento, expresando que el accidente sufrido por Condarco era, verdaderamente afortunado, pues le impediría escribir por un buen tiempo, considerando (en opinión del gnomo pimentón) que Condarco escribía con los pies.

Enterado de la vileza del comentario, Dn. Carlos Condarco Santillán, sonrió con la benevolencia que le es habitual, y con el pie izquierdo, escribió para su émulo este soneto que me complazco en presentar.

El Marqués de Bradomín

A quien yo me sé

(Soneto pedisiniestro)

Barbicano, bribón, archiborracho;

Padre de la impostura y el dislate;

mentor de todo estulto y todo orate,

injerto de “yatiri” en mamarracho.

Pringue amarilla tiñe tu mostacho,

se enciende tu nariz como un tomate,

cuando entre babas nos excretas, vate,

tus versos concebidos para el tacho.

Necio en las letras y docto en las letrinas;

cultor del chascarrillo, torvo, acedo;

no mentes mi alto nombre en las cantinas.

Preceptor de las aulas campesinas,

No provoques la musa de Quevedo,

Porque, para acallarte ¡basta un pedo!

Carlos Condarco Santillán

Oruro, febrero de 1990

Sobre un “vetador”

(Un “vetador” es, ineluctable y trágicamente, un sujeto de pésima catadura —por su mala conformación física, moral e intelectual—-. Según profundos estudios psicológicos, sus traumas y complejos provienen de las angustias ocasionadas por las sobrecogedoras dudas de la identidad de quien lo engendró. Sobre el tema, puede consultarse, con indudable provecho, la obra ya clásica, del eminente psicólogo Ludwig von Kabrón Hoffmann: La madre soltera, el ejemplo de Edipo, y el estreñimiento dogmático-solemne de pensamiento pro-mongólico, como causas eficientes en el origen del “vetador crónico”).

 

A un vetador

(Soneto filosófico-moral)

¿Me has vetado patán? ¡Yo lo celebro!

Como celebro todo lo imposible.

No vetará a lo útil lo inservible;

ni vetará el idiota al con cerebro.

En tu cabeza asnal estrello y quiebro

tu propio veto, cosa previsible;

y remedio eficaz, por infalible,

contra las ratas que huyen al requiebro.

Mediocre vetador ¡anda y sé libre!

Yérguete en la estatura de los hombres;

huye de la bajeza y disimulo.

Que en tu jeta procaz mi dardo vibre;

del desenfado mío no te asombres;

llora, implora perdón… ¡Bésame el culo!

Carlos Condarco Santillán

Hacienda Cotochullpa-Alta, abril de 1994